En la primera jornada de Liga, el jugador del Sevilla, Antonio Puerta, cayó desplomado en el campo y falleció días más tardes en el hospital. Desde entonces no se ha hablado de otra cosa en televisión, con homenajes en todas las secciones de deportes de los Informativos; programas especiales, suspensión de partidos, y homenajes por parte de todos los estamentos del fútbol.
Desde todas las televisiones, radios y periódicos nos han bombardeado con la fatalidad del futbolista. Que un chico de 22 años muera, esperando a una hija, es siempre una tragedia. Pero el hecho de que sea famoso no hace que sea una muerte más importante que las demás. Todos los días, a todas horas, se producen tragedias y muertes, que no ocupan tantas portadas. Cuando el que deja viuda y huérfanos es un obrero, un empleado de alguna industria, o cualquier otro trabajador, la noticia apenas ocupa unos segundos en los telediarios; el nombre se olvida a los diez minutos, y la familia no recibe las muestras de dolor por parte de tanta gente. Y probablemente la situación en que queda esa familia es mucho más trágica que en la que ha quedado ahora la futura hija del futbolista Antonio Puerta.
No voy a pedir que no haya muertes de primera y muertes de segunda, porque en el mundo en que vivimos hasta eso es utópico. Pero ya que hay diferencia entre unas personas y otras, al menos que no se nos vea tanto el plumero.
Lo que hoy me ha hecho cambiar de opinión y escribir este post, ha sido, como tantas otras veces, el genial Eneko:

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