La vereda de la puerta de atrás

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martes, mayo 03, 2005

Hundimiento

Viaje inaugural del gran trasatlántico. Para uno de los jóvenes viajeros era una gran aventura hacia lo desconocido, a través del mar. Todo era alegría y los pasajeros del barco viajaban a gusto y felices. Pero todos conocemos el final. En un determinado momento el barco chocó contra un gran iceberg. Rápidamente los ingenieros y el capitán analizaron los daños: eran irreparables, el barco se hundía, pero quedaban unas agónicas horas en las que, mientras unos enviaban mensajes de auxilio otros se hacían a la idea del destino que les esperaba. Tardaría más o menos en llegar el momento, pero acabarían bajo el agua, junto con el barco. Era inevitable. No por esperado el final es menos doloroso.

El joven viajero conocía su futuro, en el agua helada del Atlántico, y su única salvación era alguno de los botes salvavidas que había en el barco. Pero él se aferraba al trasatlántico, a aquel barco que tanto le había impresionado y que no quería ver hundido. Se hacía a la idea, se iban a pique, pero no lo soltaba. Las horas pasaban y el barco poco a poco se ladeaba hasta que llegó el inevitable momento. A nuestro viajero le dio tiempo a despegarse del pecio que se hundía y quedó en el agua helada, solo, maldiciendo su suerte y el momento en el que compró el billete.

Pero afortunadamente una luz se abre en su camino. El agua no es tan fría. Los botes no están tan lejos. Y nuestro joven viajero puede llegar a nado hasta otro bote salvavidas que le acogerá amablemente, o quien sabe si a otro gran barco que le lleve a su destino, a donde él quiere llegar. El barco se ha hundido pero el agua no está tan fría. Hay muchos trasatlánticos, y éste no era su viaje.

“Pero sucede también
que, sin saber cómo ni cuándo,
algo te eriza la piel
y te rescata del naufragio.”

1 comentario:

Anónimo dijo...
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